Como si de un cuento de navidad se tratara, al salir de la parada de la 57 con la séptima avenida, nos recibió una nevada cada vez más intensa.
Las postales navideñas de Manhattan nevando se sucedían a cada instante.
No podíamos dejar de hacer fotos a una ciudad que, como si de una novia se tratara, resultaba más bella cuanto más vestía de blanco.
Times Square era un hervidero de gente riendo, chillando y haciéndose fotos mientras decenas, e incluso centenas de policías se arremolinaban en los soportales de los edificios mientras el capitán repasaba el briefing de lo que iba a suponer la nochevieja en ese lugar.
Tras tomar un tentempié en el café Europa de Times Square decidimos modificar nuestro planes y, en vez de volver al Village, nos fuimos hasta Central Park.
El viento era bastante fuerte y, sobre todo, helador, aunque en la tele ya lo habían advertido, así que tampoco era una sorpresa para nosotros.
Al llegar a Central Park, la escena no podía ser más evocadora: las calesas se movían por encima del manto blanco de la nieve mientras se oían los cascos de los caballos.
La gente acudía al parque con ganas de hacer una guerra de bolas de nieve y nosotros teníamos en mente una escena que queríamos fotografiar: la pista de patinaje.
Gracias a lo singular de la estampa, pudimos hacer unas cuantas fotos de momento que no olvidaremos jamás.









