De nuevo, visitamos el santuario de la montaña.
Entre pequeños altares shintoistas y un camino de cientos de escalones de piedra discurre nuestro viaje hasta la cima, donde nos espera el templo de los tres templos, donde conseguimos un kanji de dos páginas en nuestro libro de vivencias espirituales.
Posteriormente, tras la despedida de Hiroyuki, ponemos rumbo hacia los templos escondidos en la montaña.
Algo muy zen, sin duda.
Quizás, una cuesta demasiado empinada, pero ya se sabe que la fé mueve montañas, y la curiosidad, aún más.
Acabamos el día en la ciudad del septentrión que duerme el invierno entre nieve y bosques de añil.





